El diagnóstico empieza en cómo cuentas lo que te pasa

El diagnóstico no ocurre en un vacío
Hay una escena que se repite mucho.
Vas a consulta.
Te preguntan qué te ocurre.
Y dices:
— “Me siento rara.”
— “Estoy mareado.”
— “Tengo algo en el pecho.”
El profesional de la salud te mira. Tú le miras.
Y en realidad ninguno de los dos tiene todavía información suficiente.
No porque no sepa.
No porque tú no sepas explicarte.
Si no porque el lenguaje es impreciso.
Y el diagnóstico se construye con palabras.
El profesional de la salud trabaja con hipótesis, no con intuiciones mágicas
Esto es incómodo, pero es importante decirlo:
El profesional sanitario no es adivino.
Trabaja con hipótesis.
Y esas hipótesis se construyen con datos.
Algunos datos proceden de pruebas diagnósticas.
Otros vienen de la exploración física.
Y muchos —muchísimos— vienen de cómo la persona enferma describe sus síntomas.
El diagnóstico no nace en la cabeza del profesional.
Nace en la conversación.
Si la descripción es difusa, el mapa clínico también lo será
No es lo mismo decir:
“Estoy mareado”
o
“Me siento rara”
Que decir:
- “Siento que todo gira a mi alrededor.”
- “Siento que me voy a desmayar.”
- “Tengo náuseas.”
- “Me noto inestable al caminar.”
Son sensaciones distintas.
Y cada una apunta a mecanismos diferentes.
Tampoco es lo mismo decir:
“Tengo una sensación rara en el pecho”
Que decir:
- “Siento pinchazos repentinos.”
- “Es una opresión que me cuesta respirar.”
- “Es quemazón que sube hacia la garganta.”
- “Es un dolor que se irradia al brazo.”
La diferencia no es semántica.
Es clínica.
Conciencia corporal: precisión, no esoterismo
A veces se habla de “escuchar al cuerpo” como si fuera algún tipo de práctica espiritual.
No me refiero a eso.
Me refiero a algo más sencillo y más exigente:
describir con precisión.
Localizar.
Diferenciar.
Observar.
Saber si el dolor es punzante, opresivo, pulsátil o eléctrico.
Saber si dura segundos o horas.
Si mejora con movimiento o empeora al acostarte.
Si apareció de forma brusca o progresiva.
Eso no es dramatizar el síntoma.
Es aportar información útil.
El precio de la imprecisión
Cuando el síntoma se describe de forma genérica, pueden ocurrir varias cosas:
- Se solicitan pruebas que no eran necesarias.
- Se descartan hipótesis relevantes.
- Se pauta un tratamiento que no termina de encajar.
- La persona enferma siente que “nadie le entiende”.
- El profesional siente que “algo no cuadra”.
Y aparece la frustración en ambos lados.
No por falta de competencia.
Si no por falta de precisión.
Un síntoma sin contexto es solo ruido
Como traductores sabemos que una palabra mal elegida cambia completamente el sentido de un texto clínico.
En consulta ocurre lo mismo.
El cuerpo habla en sensaciones.
Pero el profesional necesita convertir esas sensaciones en categorías comprensibles.
Y esa traducción empieza en la persona enferma.
No para que haga el trabajo del profesional. Si no para que la conversación sea fértil.
Cómo llegar a consulta con información útil
Antes de acudir a una cita médica, puede ser útil preguntarte:
- ¿Dónde exactamente lo siento?
- ¿Cómo lo describiría si tuviera que compararlo con algo?
- ¿Cuánto dura?
- ¿Desde cuándo ocurre?
- ¿Con qué frecuencia aparece?
- ¿Qué lo empeora?
- ¿Qué lo alivia?
- ¿Qué estaba pasando en mi vida cuando empezó?
No se trata de llegar con un diagnóstico propio.
Se trata de llegar con información clara.
Diagnosticar es un proceso compartido
El profesional aporta formación, experiencia y herramientas.
La persona enferma aporta algo igual de valioso:
su percepción interna.
Cuando ambas partes afinan su lenguaje, el margen de error disminuye.
El cuerpo expresa.
El profesional interpreta.
Entre ambos, el lenguaje hace de puente.
Entre el síntoma y el diagnóstico hay un proceso.
No es magia. No es intuición.
Es traducción.


